· El viaje
Doce días parados, y doscientos metros
Si miráis el recorrido a finales de agosto de 2025 veréis un punto, no una línea. Entre el día veintidós y el treinta y dos el navegador registró doscientos metros de desplazamiento en total. Once días según el recuento de etapas, doce según cómo los vivimos: la diferencia es el día de llegada, que en el recuerdo cuenta y en los datos no.
Estábamos en la Baia degli Aranci, cerca de Vieste. Habíamos llegado tras tres semanas sin habernos parado de verdad: Udine, la Toscana, el Argentario, la pista de tierra de Farnese, la etapa larguísima hacia el Adriático. Sobre el papel era un viaje; en los hechos estábamos agotados.
El título que le pusimos a aquel relato, en alemán, terminaba con un signo de interrogación: «endlich Erholung(?)» — por fin descanso, quizá. La duda era sincera. Pararse en un sitio de pago, sin visitar nada, sin contar nada, parecía un fracaso: habíamos salido para ver cosas, no para estar en una cala.
Un año después la lectura es la contraria. Esas dos semanas son la razón por la que en septiembre seguimos adelante en vez de volver. El viaje largo no se sostiene sobre el entusiasmo, se sostiene sobre los descansos — y los descansos parecen tiempo perdido justo cuando más falta hacen.
En el recorrido no se ve nada de esto. Doce días son ahí un punto — y es justo ese punto el que sostuvo todo lo demás.
















